1 año y contando... 1era parte.
1 año y contando…
Aún recuerdo esa mañana en que
estaba acostada en el sillón mirando las noticias. Se hablaba de un raro virus
que había afectado en gran cantidad a la población de Wuhan, en China.
Mostraban escenas de hoyos en la tierra que hacían las excavadoras para poder
enterrar a los muertos. Eran miles de cuerpos envueltos en sábanas o algo que
parecía no dar crédito a un ataúd.
Una parte de mí, estaba
escéptica, incluso, cuando fue la noticia del pasajero que había llegado a
México contagiado. El protocolo de
revisión de los demás que viajaban en ese mismo vuelo, el equipo de asistencia
del avión. Todo parecía ser una trama sacada de alguna película de ficción.
No parecía tener importancia
todavía. Es más, ¿recuerdan qué pasó el día 05 de marzo? Fue la 2da megamarcha
de universidades, manifestando la matanza de estudiantes de medicina y una
doctora, sucedido en febrero de 2020. Se leía en algunos medios:
(…)
marcharon ayer en la mañana del Palacio de las Bellas Artes al Zócalo
para exigir justicia por el caso de una doctora y tres estudiantes de medicina
asesinados en semanas pasadas, en la Ciudad de México y en Puebla. (La Jornada, 2020).
Miles de estudiantes marcharon este jueves
en la ciudad de Puebla para exigir al gobierno del estado justicia por sus
compañeros asesinados, mejores condiciones de seguridad y un cese a la
violencia. (Animal político, 2020).
Éramos muchísimas personas exigiendo seguridad ese jueves,
fue similar a esa marcha del silencio del 1968, donde ni los porros ni personas
ajenas, harían desorden o pintas en la ciudad. Así fue, en calma, sin
represiones, con apoyo de maestros, rectores, ex alumnos y, algo sorprendente,
alumnos de distintas universidades de la república.
A pesar, de conocer que la pandemia ya estaba próxima a
llegar, nadie estaba preparado a lo que realmente vendría.
Para el 11 de marzo de 2020, se daba noticia de último
momento, era necesario iniciar una fase de cuarentena por primeros casos de
contagio en varios estados del territorio mexicano. Esto implicaba tomar
medidas para los siguientes días. Iniciando con suspensiones de clases, trabajo
a distancia, prohibición de las reuniones familiares/ sociales, y sin duda,
cerrar establecimientos no esenciales. Iniciando con todas estas normas el 23
de marzo.
Para los días siguientes, si tenías un trabajo que requiriera
tu presencia ahí, debías salir y darte cuenta de la desolación en las calles.
Ningún lugar abierto a excepción de farmacias. Poco transporte público. Y
alguna que otra voz de una persona platicar por teléfono diciendo que
“fulanito” se ha contagiado.
Apenas iban pasando algunos meses, y la sociedad se venía
abajo. Tras haber estado cerrados algunos establecimientos, hubo despidos
masivos. Personas jóvenes sin trabajo o sin tener la oportunidad de ejercer su
carrera, adultos mayores que se ayudaban económicamente empacando los productos
de los supermercados, los despidieron por ser una parte de la población
vulnerable para contagio.
Recuerdo a aquella señora que siempre me encontraba en el
transporte público, todavía hace unos años me decía lo bien que le iba con las
“propinas” que le daban en un market por San Manuel. Y que, gracias a ello,
podía apoyar con unos centavos a su hija para el alimento de sus nietos.
Semanas después, declarada la cuarentena, la encontré por la
calle, me dijo que ahora no tenía trabajo ella ni su hija, que habían sido días
tan complicados, pero que lo importante era tener salud y lo demás ya llegaría.
Y por si se lo preguntan, su hija consiguió trabajo meses más tardes, ahora
ella se queda en casa a cuidar de sus nietos y disfrutar de su compañía.
Yo, de alguna manera, conseguí trabajo como asistente
personal. Por esas fechas, era una carga enorme de trabajo. Pues no sólo
atendía las llamadas del celular de mi jefa, sino que recibía a más de 20
personas al día para ayudarles a “curar” el Covid en sus familias. Llegaban personas
llorando, algunas iban porque ya sabían de la eficacia de tal tratamiento,
otros por prevención. En fin, eran tardes en las que no se podía siquiera comer.
Recuerdo mucho el caso de un señor de aprox. unos 60 años de
edad. No sabía mucho de tecnología, pues quería hacer un pago con transferencia
y se le dificultaba hacer ese procedimiento. Nos contó que su hermano estaba
muy grave, al parecer lo iban a intubar. Él no quería que se llegara hasta ese
punto, sin embargo, era consciente de que no siempre se puede convencer a las
demás personas de algo.
No se pudo hacer la transferencia, el banco debía dar la
autorización en 1 hora después de haberlo solicitado. Prácticamente sentía que
todo esto era de vida o muerte. El señor se veía muy ansioso, al borde del
llanto. Por lo que, mi jefa le dijo que se fuera mejor rápido a darle el
medicamento a su hermano. Ambas, con el nudo en la garganta, vimos cómo se
quebraba ante nuestros ojos, lloraba y agradecía de todo corazón lo que había
sucedido. Le pedí que tratara de irse con calma al manejar, que confiara, todo
iba a salir bien.
Pasaron 2 semanas, él regresó y nos contó de la pronta
mejoría de su hermano. Estaba tranquilo y agradecido por la confianza que se le
brindó.
Con todo lo suscitado en los últimos meses, era increíble
darse cuenta de cómo la estabilidad emocional de la sociedad, se vio una vez
más vulnerable, ahora en mayor escala. Quisiera citar las palabras que dijo
Chaplin en “El gran dictador”, 1940:
Tenemos
que ayudarnos unos a otros. Los seres humanos somos así. Queremos hacer felices
a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie.
En este mundo hay sitio para todos. La Tierra es rica y puede alimentar a todos
los seres.
El camino de la vida puede
ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas.
Ha levantado barreras de odio. Nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El
maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento
nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y
sentimos muy poco.
Más que máquinas,
necesitamos humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas
cualidades, la vida será violenta. Se perderá todo. La desdicha que padecemos no es más que la
pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del
progreso humano.
El odio de los hombres
pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le
reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no
perecerá.
Es curioso leer estas palabras, recitadas hace más de 80 años
y darse cuenta que esto, nos alcanzó.

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