Crónicas del recuerdo
El día de ayer me he enterado que una tienda dedica a la venta de dulces típicos poblanos, ha tenido que cerrar porque con el problema de la pandemia no han vendido nada. Así que, hoy por la mañana fui a verificar que eso fuera verdad. Y con lo que me topé fue con cámaras de distintos medios, gente comprando y otras más observando la escena desde lejos.
Se leía en la entrada: remate de dulces. La gente no daba crédito a lo que veía, pero supongo que cómo yo, su lado "solidario" estaba dispuesto a ayudar a dar un poco dinero comprando lo mucho o poco que le quedaba en esa tienda. Miramos las vitrinas, algunas casi vacías. Los estantes llenos de obleas, ate, membrillo, dulce goumert de vodka, tequila y café. Botellas de rompope de 1 litro y de medio. Bolsas tejidas y canastillas. Charolas de plástico rellenas con una variedad de dulces: cocadas, novias, polvorón sevillano, dulce de leche, camotes y uno que otro que ya no pude distinguir.
Había tanto de dónde escoger que, se me olvidaba preguntar el precio. Le decía a mi madre qué quería probar, entre otras cosas. En fin, queríamos ayudar en su último día de venta al público. Pedimos dulces que nunca se nos ocurrió comprar antes: ate, dulce de guayaba, obleas rellenas de cajeta con amaranto, obleas de sabor, tiras de tamarindo... Me sentía como niña pequeña en una dulcería queriendo comprar todo aquello que con su imagen mi atención llamaba.
El chico que nos atendió, fue muy amable en el trato, pero a pesar de ello, pude notar que en su mirada mostraba la preocupación y tristeza de, quizás, una historia que pasó al trabajar ahí. Traté de hacerle ameno el momento, diciéndole que no sabíamos qué llevar, pero ayudaríamos en la causa de ese remate innecesario pero obligatorio para la dueña.
Tenía su celular en las manos, con la app abierta de la calculadora, y por cada cosa que pedíamos, iba anotando el precio para no perder de esa manera la cuenta final.
Detrás del cubre bocas de ambos, esbozamos una sonrisa, mi madre y yo le agradecimos por la atención y, al salir, dimos un último vistazo a esa escena tan desoladora.
La sensación de melancolía recorrió nuestro cuerpo, mente...
A pesar de que esa tienda no llevaba mucho tiempo abierta en Puebla, entendimos a la perfección lo que significaba cerrar un negocio y saber que no volvería a estar abierto.



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